Es un cuadro médico grave que se produce cuando el cuerpo es incapaz de regular su propia temperatura y causa una situación de desajuste térmico, conocida como golpe de calor. Este cambio se traduce en un aumento brusco y sostenido de la temperatura interna corporal.
Esto ocurre muchas veces por exceso de exposición al sol y se denomina Insolación. Los síntomas más comunes de este hecho son cefaleas (dolor de cabeza), fatiga (cansancio), calambres musculares, náuseas, elevación de la temperatura corporal y abundante sudoración. Si esta situación se mantiene un tiempo prolongado y sin un tratamiento adecuado, la piel se seca, aparece taquicardia (aceleración del pulso), adormecimiento y puede derivar en la pérdida de la conciencia, pudiendo llevar al paciente en casos extremos a la muerte.
El organismo presenta mecanismos neuroquímicos que controlan y regulan la temperatura corporal y que hacen que ésta se mantenga estable en torno a los 36ºC, independientemente de la temperatura del ambiente. La piel y el tejido graso subcutáneo son estructuras muy importantes en la regulación térmica y su papel se centra en el efecto barrera a la entrada de calor o frío en el cuerpo. También contiene receptores sensitivos de tipo térmico que son los encargados de modular las respuestas neuroquímicas. La transpiración a través de la piel (sudoración) permite eliminar calor en forma de gotas de agua y junto con ella también se pierden iones (cloro y sodio, sobre todo). Este mecanismo sirve para estabilizar los 36ºC internos frente a las altas temperaturas externas. La respiración, por eliminación de vapor de agua, sirve también para esta función reguladora. El sistema circulatorio interviene también, aumentando o disminuyendo la circulación sanguínea de todo el cuerpo según la temperatura exterior. Por último el cerebro, a partir de los estímulos sensitivos y circulatorios que recibe, produce neurotransmisores pirógenos internos capaces de aumentar o disminuir la temperatura corporal.
Cuando todos estos mecanismos son sobreexpuestos a las altas temperaturas o bien las condiciones de hidratación o circulación sanguínea no son las adecuadas, se produce una incapacidad para regular la temperatura y sucede el golpe de calor. Es decir, cuando el organismo produce una cantidad de calor que no puede eliminar por los sistemas de refrigeración que el organismo posee (dilatación de los vasos sanguíneos superficiales, sudoración y respiración); ya sea porque la producción de calor corporal es excesiva, porque la temperatura ambiente es muy elevada o bien porque los mecanismos de eliminación de calor no funcionan correctamente, aunque lo más habitual es que sea por la combinación de estos tres factores.
Las personas más vulnerables y con riesgo de padecer esta enfermedad son:
- Personas mayores de 75 años.
- Niños menores de 6 años.
- Recién nacidos (muy expuestos a las alteraciones de temperatura).
- Personas con problemas de movilidad.
- Obesos.
- Personas que realizan mucha actividad física.
- Deportistas.
- Discapacitados físicos o psíquicos.
- Personas con hipertensión arterial o problemas cardíacos.
- Personas con problemas respiratorios.
- Personas con diabetes o problemas de tiroides.
- Personas con Parkinson o demencia (Alzheimer).
- Personas que toman antidepresivos, tranquilizantes o diuréticos.
La acción directa del sol sobre el cuerpo, en especial sobre la cabeza, puede producir un sobrecalentamiento del cerebro que conduce a que éste no funcione correctamente. Sería algo parecido a lo que ocurre cuando una persona sufre de fiebre muy elevada.
Tratamiento: la primer medida es conducir a la persona con golpe de calor agudo o insolación a un lugar fresco y fuera del alcance del sol. Según la gravedad de su estado, deberá ser conducida inmediatamente a un centro hospitalario. Aplicar compresas frías en la zona de cabeza, cuello, tórax, brazos y muslos en un intento de bajar la temperatura interna del cuerpo que ha podido superar los 40-41ºC. Estas medidas son también de gran ayuda en personas en estado de shock mientras son trasladadas a un centro asistencial. El aporte de líquidos es también fundamental. Si la persona puede ingerir por boca (está consciente) puede administrársele agua u otros preparados con carga iónica (bebidas tonificantes deportivas) existentes en el mercado, y que no sólo cubren las deficiencias de agua, sino que aportan iones y azúcares que pueden corregir la acidosis metabólica que se provoca por exceso de temperatura. Si el paciente no puede ingerir es preferible no forzarlo, dado el riesgo de que "trague mal" y aspire a los pulmones el líquido. En cualquier caso, dar líquido poco a poco y a temperatura ambiente: evitar usar bebidas muy frías o ingestiones muy abundantes de golpe.
Los casos habituales no son tan severos pero en personas vulnerables el cuadro puede agravarse.