El agua constituye la materia viva que encontramos con más abundancia y representa el 65% del peso de una persona adulta. Se encuentra distribuida en dos sectores: el agua intracelular (45% del peso corporal) y el agua extracelular (20% del peso, correspondiendo el 5% a la sangre).
Para cada
persona, la regulación del metabolismo del agua es tan precisa que la
proporción se mantiene siempre constante. Sin embargo existen variaciones poco
importantes de un individuo a otro.
El cuerpo
humano funciona normalmente a 37°. Cuando realizamos actividad física la
temperatura aumenta, por lo tanto se ponen en funcionamiento distintos sistemas
para controlar ese aumento de la temperatura. Gracias a la elevada capacidad de
evaporación del agua, podemos regular dicha temperatura.
Una
correcta hidratación mejora el trabajo muscular y optimiza el rendimiento. Si
un deportista pierde, mientras se entrena, el 2% de su peso, se produce una
marcada disminución del rendimiento físico. Si la situación se acentúa,
podría sufrir desde lesiones y calambres hasta un golpe de calor.
Si el
deportista se encuentra en un lugar de alta temperatura, expuesto al sol,
épocas de alta temperatura, la capacidad de sudoración se verá afectada.
Debido a
la gran cantidad de glándulas sudoríparas que se encuentran tanto en la cabeza
como en los brazos y las piernas es aconsejable usar ropas livianas que permitan
una efectiva sudoración. Si hay deshidratación, la piel estará caliente, seca
y no transpirará.
El agua
es suministrada por las bebidas, siendo la única fuente
indispensable. Beber es necesario. Los líquidos deben estar fríos, a una
temperatura de entre 4 a 10°C.
La
correcta reposición de líquidos evita los calambres, los golpes de calor, la
deshidratación pero además permite un mayor rendimiento durante la práctica
deportiva y una mejor recuperación.
Por todo
esto, no te olvides de llevar tu bebida cada vez que vayas a realizar algún
deporte, ya que no es sólo una cuestión de sed.